Miriam Robles

domingo, 30 de marzo de 2008


26 de Marzo de 2008

PIRUETAS DEL ARTE. EL CIRCO
No es cuestión de empezar esta crítica justificándose, pero a algunas personas les extrañará el papel protagonista dado al comisario de la exposición, Raúl Eguizábal. Más aún cuando en la exposición que comentamos se incluyen obras sobre Goya, Picasso, Miró y tantos otros relevantes artistas. Pero, de entrada, habrá que reconocer y agradecer su trabajo y especialmente su impronta en la exposición que sobre el Circo podemos disfrutar en el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente de Segovia. Un lujo, un más difícil todavía, y ya son varios y atrevidos los triples saltos mortales en la organización de eventos artísticos que el "Esteban Vicente" nos viene regalando en sus escasos diez años de vida. Con red o sin ella el circo, como tema, como metáfora, como símbolo, representa de forma inmejorable todo un estilo de gestión cultural del museo. En una primera aproximación a la exposición es necesario contextualizar temáticamente la muestra. En un ambicioso recorrido la exposición integra autores muy diversos de Goya a Juan Muñoz pasando por Picasso y tantos otros; movimientos artísticos antagónicos de las vanguardias históricas, como el cubismo o el expresionismo, a la abstracción, el surrealismo o el realismo poético; soportes y lenguajes creativos alternativos, del grabado a la fotografía; cronologías de casi dos siglos de distancia y contextos tan variados en la historia material y tan cercanos en la imaginario contemporáneo. La exposición resulta valiosa y muy atractiva, variada y tan divertida como el mismo espectáculo de referencia, tanto por las obras convocadas como por el hilo conductor que las integra y secuencia en un relato complejo y sorprendente, generando una narrativa perceptible y colorista, vital y orientadora, inquietante y repleta de redobles y deslumbres. "¡Circos!. ¡Cuentos olvidados de fabulosas edades!", que decía Valle Inclán. No es para menos, si nos movemos en el "circo de la luna" de Ramón, como auténtico microcosmos. Y esta es la principal tarea del comisario, palabra extraña donde las haya, claro que si nos ponemos cursis y hablamos del "curator" anglosajón, la cosa sería aún peor. Desde Deleuze a Szeemann, por ejemplo, es una práctica frecuente en la gestión de los eventos culturales artísticos organizar las muestras siguiendo un relato previo y provocando y sugiriendo al público una narrativa de lo visto que le implique de forma más activa en la visita. Toda exposición es mitad evento y espectáculo, propuesta y denuncia, reto y requiebro. Más proyecto de futuro que mera revisión nostálgica del pasado. Y si acaso este intento se lograra, comprobaríamos con emoción y sutileza que ya no fuéramos simples espectadores ni meros visitantes para engrosar estadísticas, siempre escasas, sino sujetos participativos y dialogantes del evento mismo, también en si otro arte. En esta exposición la complicidad nos inunda, como si estando fuera del circo, estuviéramos fuera del mundo (J. Ángel Valente). Obra a obra, autor a autor, sala a sala, vamos reconstruyendo un discurso abierto, repitiendo y buscando un guión mil veces sabido, que desde la insinuación del comisario vamos redescubriendo, y que nos permite no sólo entender sino asimilar, interiorizar y gozar de los itinerarios propuestos. Poco importa que se altere el orden del paseo y de la lectura, nos encontraremos siempre con los alambristas, caballistas, ilusionistas, hombre-balas, mujeres invisibles, salteadores, escapistas y tantos otros, siendo los mismos (R. Eguizábal). Nosotros mismos de tantas maneras siendo payasos. Y en cada obra encontrando una imagen tan nuestra, tan artística, tan de circo. Pura magia. Espejos de formas y colores.

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