Miriam Robles

jueves, 13 de marzo de 2008


13 de Marzo de 2008

¿QUÉ PASARÁ AHORA?
No pensemos que los auténticos y graves problemas que nos rodean predisponen fácil solución. ¿Qué pasará, pues? Me temo que lo peor, si no ponemos en marcha nuestra capacidad para captar mensajes, que nos llegan envueltos en formatos innovadores y dignos de supervivencia.Así, pues, incentivado por indulgentes idolatrías paternalistas, me pregunto: ¿qué pasará con La montaña de escombros, esa obra de arte, adorada con la máxima complacencia en el seno de la cultura oficial? Sería una indignidad que tamaño ejercicio de idealismo artístico -tanto que, durante tres días continuados obligó al cambio de rumbo y provocó el embeleso de nuestra primera autoridad cultural- llegue a su fin. El hecho de que el próximo día 31 finalice Estratos, multidisciplinar exposición, no puede convertirse en remate del tal engendro, capacitado, dicen los expertos en la (re)coba, para transformarse en Bien de Interés Cultural. La adquisición del solar sobre el que ha aposentado sus reales -ladrillos, cascotes y pedruscos- debiera ser una lógica y ambientada solución. Nadie se escandalizaría, si preciso fuese invertir algunos millones de euros en la adquisición del solar más ad hoc, para conservar tan esmerado o esmirriado monumento. Reubicarlo en la Plaza de los Apóstoles o en la de las Flores, por ejemplo, sería un atentado perverso contra el genuino sentido de autenticidad que La Montaña encierra. ¿Como privarlo de su encaje originario y natural?¿Seríamos capaces, en esta Murcia culturamente sensata y moderna, de martirizar La montaña de escombros, y ubicarla -cuando Dios quiera, si alguna vez quisiera- en el Museo de Arte Contemporáneo, asemejándonos a los ingleses (recuerden el Gibraltar español) en su rapto del frontispicio del Partenón, sito hoy en el Museo Británico de Londres? Jamás. Y, ¿para qué coño querrán los ingleses unas marmóreas antiguallas, y, encima, mancas, cojas o desnarizadas? Inexplicable. ¿Y los galos, la Nefertiti egipcia en el Louvre? ¿Y los norteamericanos, el patio del palacio de Vélez Blanco, que hoy luce, para su desdicha, en el Museo Metropolitano de Nueva York? Tonterías.El arte es concepto y obra indestructibles. Debe pervivir eternamente, y en el espacio para el que ha sido creado. La consecuencia del más simple silogismo es, por tanto, que La montaña de escombros debe permanecer, y donde está.Pero, ¿y el túnel colmado de misterios, que hoy enriquece el paraje y las cercanías del Malecón? ¿Seremos capaces de sumir en el abandono una experiencia claramente original y atractiva? ¿Nos atenazará la desidia hasta el punto de permitir el abandono de tan espectacular penetración del arte contemporáneo, como si no fuese más que el remedo de una vulgaridad obsoleta como las minas de Mazarrón, Cartagena, Águilas, La Unión, Cehegín, Jumilla...? Seguro que la exquisita sensibilidad cultural que practicamos los murcianos -gracias a la siembra paciente y fructífera de nuestras autoridades- trocará el dolor de una estrecha excavación por las propia entrañas de nuestro suelo, sobre el que permanecen, aún recuperables, los detritus absolutos de quince días de nadie sabe qué. ¿Pueden arruinarse tan intimistas experiencias, dedicadas, primordialmente, a colmar de abono humano el subsuelo sobre el que algún día crecieron -y podrían volver a crecer- nuestras riquísimas lechugas? ¿Puede privarse a la ciudadanía de la contemplación de tan indescriptible amasijo? Habría que iniciar de inmediato una operación de rescate definitivo del filón horadado por esos pensadores de los agujeros. Descarnarlo con precisa delicadeza y cubrirlo con la más deslumbrante campana acristalada es obvia solución, para que el ciudadano ansioso se recree en la visión de esos detritus orgánicos de inexplicable sentido.Por tanto, transida la indiferencia de la cita electoral, y con la mano tendida tras la victoria lograda -pero, ¿quien ha ganado o perdido?-, prima solucionar los problemas urgentes de nuestra tierra: la montaña y túnel. AVE, aeropuerto, tráfico, paro, inmigración (¿los 400 euros, ni tocarlos!)... , ¿a quién importan?

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